TRAS LAS HUELLAS DE ROGER HENS

Americano de Nueva York, participó en la guerra de España como conductor de ambulancias. En Madrid conoció a Hemingway y Doss Passos. Tuvo estudio en la ciudad de los rascacielos, en el número 26 de la calle 8 West, en la entrada de Greenwich Village. Por allí desfiló el mundo bohemio y artístico de Nueva York. Ellos serán los que se encarguen de organizarle una exposición antológica en la Associated American Artist. Se inaugura el 6 de Noviembre de 1940, y fue muy bien acogida por la prensa. Es entonces cuando un famoso magnate americano trató de aprovechar la situación y “descubrir” por su cuenta al gran pintor neoyorkino. Organizó una fiesta repleta de gente importante que esperaba ver a Roger Hens, como si fuera un bicho raro. Pero el pintor llegó muy tarde, acompañado de Hemingway y ambos borrachos. El escritor insultó a los asistentes y el pintor bohemio les hizo gestos provocativos. Decía un escritor yankee que, en esta puritana sociedad, o te dejas mimar o te suicidas y Hens comenzaba a suicidarse.

A pesar del éxito de la exposición, no conseguía vender nada y así le escribe a Hemingway: “No vendo nada. Nadie viene a llamar a mi puerta y vivo de milagro”.

A finales de año nació su hijo Paul y es entonces cuando decide irse a Hollywood, animado por su amigo el también escritor Elliot Paul y a pesar de la alarmante sentencia de Hemingway: “ Ni se te ocurra aparecer por allí”.

Roger Hens llegó en un buen momento. El productor Walter Eanger le pidió una serie de bocetos para la película Hombres intrépidos, dirigida por John Ford e interpretada por John Wayne y basada en cuatro relatos cortos de O´Neill. Hens presentó ocho bocetos para las escenas que se desarrollaban en una taberna de un puerto del Caribe. Los bocetos gustaron y Hens decidió quedarse en la llamada ya meca del cine. Allí era bien pagado y los actores le buscaban y le festejaban. Entre sus amigos se contaban John Ford , Orson Welles, Thomas Mitchell y Joan Bennet, la esposa de Walter Wagner.

En 1943, la Paramount le encargó el retrato de Gary Cooper para promocionar la película Por quién doblan las campanas.

Pero a pesar del éxito, o precisamente por él, Hens abandonó Hollywood y buscó su vida bohemia por otros climas.

Encontró acomodo en la Universidad de Kansas, donde ilustró algunos libros de escritores famosos; Los viajes de Gulliver y La barrica del amontillado, de Poe. Dictó allí algunas clases de pintura que aburrieron solemnemente a los estudiantes, quienes pidieron airadamente su marcha. Volvió a Nueva York, y es entonces cuando se inicia su añoranza de España, sus paisajes y sus corridas de toros.

Vive en un mundo confuso, pictóricamente hablando. Siempre se creyó un pintor constructivista, pero según los críticos resulta que no lo es. Se encuentra perdido y se da a la bebida, buscando y creando a la vez, los cócteles más afamados de la coctelería mundial.

De un viaje a México en busca de su identidad perdida, si es que alguna vez la tuvo, le viene la amistad entrañable con Luis Buñuel, amistad que contribuyó a su pasión desmedida por la coctelería y por los bares internacionales. A su lado aprendió los mas extraños y atractivos sabores alcohòlicos. Llegando a ser consumado maestro en este difícil y exquisito arte, reservado a gente de privilegiado gusto.

Famosa llegó a ser su presencia, al lado del director español, en el bar del Hotel Plaza Neoyorkino. “Un pintor bohemio que no pinta”, decían, “el otro es un afamado director de cine español”. La bebida preferida de ambos era el Dry-Martini. Hens llevó a la perfección la invención de Buñuel. He aquí la fórmula:”Ponga en la nevera todo lo necesario, copas, ginebra y coctelera, la víspera del día que espere invitados. Tenga a mano un termómetro, que le permita comprobar que el hielo está a veinte grados bajo cero.
Al día siguiente, cuando lleguen sus amigos, (es cóctel para tomarlo siempre en compañía), saque todo lo que necesita. Primeramente sobre el hielo bien duro eche unas gotitas de vermut “Noilly-Prat” y media cucharadita de café y angostura, lo agita bien y tire el líquido conservando únicamente el hielo que a quedado, levemente perfumado por los dos ingredientes. Sobre este hilo vierta la ginebra pura. Agite y sirva. El resultado es insuperable”

Como le pasaba al director aragonés, Hens adoraba el vino tinto. Sobre todo el español. Adoraba el Rioja y no hacía ascos al Valdepeñas. En América se aficionó a los blancos chilenos y californianos. Pero siempre, como a su amigo Hemingway, le producía un placer puramente físico, sin excitarle la imaginación.

En cambio, a diferencia del español, le apasionaban otros muchos cócteles. El Daikiri, considerado el rey de este tipo de bebidas, y el Pisco Souer, peruano. Sobre ambos tenía sus peculiares teorías, que le gustaba explayar en reuniones amistosas.

Roger Hens distraía sus melancólicas resacas pergeñando unos recuerdos desordenados y deshilachados en un cuaderno de contabilidad, comprado o recogido no se sabe de donde. Allí, en las páginas del mayor y del menor, entre rayas más hechas para sumas y restas, con una endiablada letra y un elemental inglés, fue dejándonos hechos o paisajes de su vida, así como elementales opiniones sobre el arte de pintar, que iremos desgranando en esta aproximación a una apasionante vida y a una pintura a camino entre el constructivismo y todos los ismos que llegó a conocer, a gustar y hasta practicar a lo largo y ancho de su vida.

Vuelto a España, añoraba en su piso treinta y cinco en la Torre de Madrid, sus andanzas por Montparnasse, y a sus viejos amigos pintores, con cierta extrañeza de que casi todos ellos hubieran salido adelante, menos él. Al gran Vlaiminck, que cansado del “fauvismo” empezaba a diseñar el personal estilo de sus dramáticos paisajes. Al contrario que muchos otros pintores, y siendo de carácter mas bien violento, siempre le trató con deferencias, dándole muy apreciables consejos artísticos. ¿Qué pudo ver Vlaiminck, y otra tanta gente en él? Desde luego algo que el mismo nunca se había visto.

A sus recuerdos de atardecer, con la inmensa Casa de Campo enfrente, venía Modigliani y sus figuras estilizadas a la manera negra africana y que le producían miles de francos, que el italiano derrochaba en francachelas y exceso de bebida.

“Pero la guerra -escribió- cambió a los franceses. Mi París ya no volvió, a pesar de todo, a ser “mi” París".

“De la América del Sur cayó sobre Montparnasse un ruidoso tropel masculino jugando a la bohemia poética y poniendo de moda el tango, al que me aficioné. Aparecieron artistas japoneses y chinos; aparecieron negros, en busca de fama y autenticidad, que terminaban vendiendo periódicos a los pocos días y en la miseria. Allí, una vez más busqué a los españoles, tan abundantes en Pigalle, que la plaza parecía una sucursal de la Puerta del Sol. En las tabernas del barrio latino conocí a personajes increíbles, que hablaban en alta voz y que llevaban al Sena sus desavenencias del Manzanares o del Guadalquivir. ¡Cómo no recordar la arrogante figura de Alejandro Sawa! Se trataba de todo un poeta bohemio y desgraciado, que acompañaba al viejo Verlaine por antros y tugurios, y al que una vez ¡recordaba! había besado en la frente nada menos que Victor Hugo. ¡Como no recordar a Rubén Darío, con su aspecto innegable de indio y su desmedida afición al ajenjo! Y, ¡cómo no! A los viejos luchadores republicanos que buscaba en las calles de París la libertad que las faltaba en las suyas propias! Muchas de aquellas mañanas, después de intentar pintar algo, me escapaba para ver al viejo Nicolás Estévanez, que había sido ministro del Ejército español, en tiempos ya lejanos y muy idos. Siempre en su café, siempre solo o con uno o dos amigos, el viejo, siempre joven, escribía sus artículos para la prensa española republicana. Era un hombre singular. Ignorantísimo en el necesario arte de ganar dinero, esto no era debido a incapacidad sino a un inveterado menosprecio. Militar, y además militar español, tenía del honor un concepto totalmente incomprensible para los más jóvenes. Creía que España estaba llamada a cumplir una gran misión, que nunca precisaba. Le indignaba la palabra Europa. Para el viejo-joven Europa representaba una idea casi antagónica con España y lo consideraba un revoltijo de naciones llenas de prejuicios entre ellas, de enemistades seculares, de latentes celos y de ambiciones más que rastreras. Para un neoyorkino eran cosas incomprensibles pero que no dejaban de interesarme, porque me hacían ver la complejidad del mundo europeo en sus más variadas facetas.

Dije que era un bohemio, pero quiero aclarar que vivía, al contrario que el contingente español, con el mayor decoro. Cuando yo lo traté vivía en el Boulevard Raspail, en un pequeño pisito y su gabinete de trabajo tenía un balconcillo desde el que se divisaba el cementerio de Montparnasse. Allí se expansionaba conmigo hablando de política nacional e internacional, de América, de sus trabajos y sus días, con un americano que mal entendía su español, pero que comprendía (no en vano mis amigos de entonces eran todos españoles) con cierto trabajo su gran valía.

Últimamente se le veía triste. Pasaba por el cementerio y tomaba café tras café y una mañana volví como todas las mañanas a su domicilio. Me abrió la hija. Su padre acababa de morir en aquellos instantes.

Entre la hija, un periodista español, Isidoro López Lapuya y yo mismo pudimos reunir los cincuenta francos, pero intervino la Embajada Española y sufragó los gastos del entierro.
Detrás del humilde coche fúnebre de dos caballos, sin gualdrapas, caminamos por espacio de cinco o seis kilómetros y a pié cuatro o cinco personas. Al frente un escritor español, me dijeron que muy famoso, llamado Blasco Ibáñez, varios bohemios españoles y el pintor americano, como gustaban llamarme en sus círculos literarios.

No quiero decir que fue un día triste.”


Pepe Esteban

Dorival Hermeto Feitosa - As aguas de Iemanjá - Óleo / Tabla


Los tesoros de La Torreta


Los tesoros de la Torreta son los de un grupo dispar de pintores que coinciden en transmutar los colores, brillos y veladuras de sus experiencias en objetos sacros. El objeto sacro es, más allá de idealizaciones o interpretaciones, la presentación física de lo sagrado, la confirmación material de la verdadera realidad unitiva. En pintura, el cuadro revelador. O, como dice, Juan Reyes, el arte es la manifestación de lo incognoscible oculto tras la belleza.

Precisamente, lo que comparte este heterogéneo grupo de pintores de La Torreta es esta concepción de la pintura, una pintura que habla por sí misma, sin intermediarios, de lo secreto y lo sagrado, palabras que comparten la misma raíz. Lo secreto y lo sagrado, lo reservado y lo alto, como la habitación de la torre medieval en donde se encerraba Pontormo , para mejor retratar su mundo. Se sabía que el manierista italiano estaba en su torreta cuando elevaba la escala y hacía tan inaccesible su estancia como insobornable su arte. Y desde su altura, que, sobre todo, era moral, desdeñaba las monedas de acomodados y opulentos burgueses que buscaban el prestigio de ser inmortalizados por él, para retratar al rapaz descalzo, a la alcahueta, al borracho tullido, a la aguadora diligente, al rostro auténticamente enraízado en la vida.

A la torreta del misterioso Pontormo debe su nombre el grupo de pintores que lo componen. Roger Hens, Van der Wütten, Pintucci, Feitosa, Reyes coinciden en su particular ruptura con mundos amañados, servilcaídos, arrebatasueños. Y para ello retiran las escalerillas de sus particularísimas Torres del Homenaje, desde donde juran defender su fortaleza personal, su integridad ante los envites, pintando cuadros de revelación, ofreciendo pintura iluminada.



La mirada de la Torreta

Roger Hens, el pintor norteamericano, representa en el grupo no sólo la veteranía en el oficio de artista, sino la sutileza en la combinación de materiales, fundamentalmente maderas, papel y pintura. Las composiciones de Hens recrecen en el lienzo atardeceres húmedos, búsquedas brumosas en laberintos de astillas verdosas, edificios imaginarios que albergan en su collage una personalidad marcada profundamente por la Generación Perdida norteamericana.

Franz Van der Wütten, es sin duda el pintor más clásico del grupo. Sus estudios en la Escuela de las Artes de Ámsterdam y sus posteriores aprendizajes en La Haya y París, dan a la pincelada de este artista el mismo rigor y fortaleza que presenta su propio rostro. En sus obras siempre hay una historia pendiente de ser contemplada, sin tener seguro el observador de no ser él mismo quien misteriosamente se refleja en la imagen poderosa que mira.

Luca Pintucci es el maestro de los paisajes nocturnos. En el territorio de la noche, que oculta lo que une, Pintucci rescata aquellos contornos, aquellos perfiles que prometen alba. El propio lienzo, objeto sacro, sirve de cedazo para separar la esperanza sutil del desmayo vital. De Pintucci se puede decir que es una actitud ante la obra. Una actitud que no es banal, es trascendental. Para Pintucci, todo motivo, ya sea bodegón, marinas, paisajes, retratos, etc, es un autorretrato.

De D.H. Feitosa basta decir que se trata de un pintor nacido en el Brasil sincrético y vitalista de Bahía. De ahí procede la luz de su mirada y la intención de su trazo: amago de definición, baile de colores, alegría del lienzo.

Finalmente, Reyes presenta una obra cuajada de paisajes interiores, en donde, como escribió C. Sánchez, el pintor no aspira a traducir la realidad ni a representarla, sino a ponerse en su lugar, a ser esencia real capturada en lienzo. Para Reyes la experiencia de la pintura es un acto de oración con la materia, en donde el alma se derrama en plurales. Y en ese desbordamiento es donde halla la unidad de estilo.

La obra del grupo La Torreta, es, efectivamente, trascendente; y así hay que amarla y defenderla frente a tantos otros críticos que nos tienen acostumbrados a proteger, interesadamente, obras en sentido contrario, o sea, intrascendentes.


Lucas Carril
Benicarló, octubre 2006











Jugando - óleo / tabla


La vida en La Torreta se limitará al trabajo más noble del humano, que es la creación. Esta servidumbre es la gran Utopía. A imagen y semejanza del Ser. Pero todavía hay diferencias. Nuestra propia Alma es la Vida del desbordamiento del Ser y sus motivos (cuales quieran que estos sean). La de nuestra obra proviene de nuestro propio desbordamiento y lo robado al motivo (si se deja). La creación no trata de reproducir una imagen, una idea, una historia, un sonido, etc. La creación es una idea, una historia, una imagen, un sonido, etc... con Vida propia al margen de nuestra intervención. Somos su herramienta. Manda el juego. El deseo. La vocación. Esto, claro está, no nos convierte en dioses, todo lo contrario; nos convierte en servidores de este deseo, de esta vocación, servidores de la Utopía. Y, así, en nuestras celdas-taller, en recogimiento, buscando la raiz de nuestra vocación, delante de nuestra humilde pero auténtica obra, damos la espalda, con todo nuestro respeto, a cualquier motivación que nos desvíe de nuestra misión utópica. Para ello contamos con nuestro trabajo (la oración) y con el tiempo. No nos preocupa la muerte porque toda obra Arte Auténtica, con Vida Propia, siempre está perfectamente inacabada, como nosotros mismos. Juan Reyes.
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