Los tesoros de La Torreta


Los tesoros de la Torreta son los de un grupo dispar de pintores que coinciden en transmutar los colores, brillos y veladuras de sus experiencias en objetos sacros. El objeto sacro es, más allá de idealizaciones o interpretaciones, la presentación física de lo sagrado, la confirmación material de la verdadera realidad unitiva. En pintura, el cuadro revelador. O, como dice, Juan Reyes, el arte es la manifestación de lo incognoscible oculto tras la belleza.

Precisamente, lo que comparte este heterogéneo grupo de pintores de La Torreta es esta concepción de la pintura, una pintura que habla por sí misma, sin intermediarios, de lo secreto y lo sagrado, palabras que comparten la misma raíz. Lo secreto y lo sagrado, lo reservado y lo alto, como la habitación de la torre medieval en donde se encerraba Pontormo , para mejor retratar su mundo. Se sabía que el manierista italiano estaba en su torreta cuando elevaba la escala y hacía tan inaccesible su estancia como insobornable su arte. Y desde su altura, que, sobre todo, era moral, desdeñaba las monedas de acomodados y opulentos burgueses que buscaban el prestigio de ser inmortalizados por él, para retratar al rapaz descalzo, a la alcahueta, al borracho tullido, a la aguadora diligente, al rostro auténticamente enraízado en la vida.

A la torreta del misterioso Pontormo debe su nombre el grupo de pintores que lo componen. Roger Hens, Van der Wütten, Pintucci, Feitosa, Reyes coinciden en su particular ruptura con mundos amañados, servilcaídos, arrebatasueños. Y para ello retiran las escalerillas de sus particularísimas Torres del Homenaje, desde donde juran defender su fortaleza personal, su integridad ante los envites, pintando cuadros de revelación, ofreciendo pintura iluminada.



La mirada de la Torreta

Roger Hens, el pintor norteamericano, representa en el grupo no sólo la veteranía en el oficio de artista, sino la sutileza en la combinación de materiales, fundamentalmente maderas, papel y pintura. Las composiciones de Hens recrecen en el lienzo atardeceres húmedos, búsquedas brumosas en laberintos de astillas verdosas, edificios imaginarios que albergan en su collage una personalidad marcada profundamente por la Generación Perdida norteamericana.

Franz Van der Wütten, es sin duda el pintor más clásico del grupo. Sus estudios en la Escuela de las Artes de Ámsterdam y sus posteriores aprendizajes en La Haya y París, dan a la pincelada de este artista el mismo rigor y fortaleza que presenta su propio rostro. En sus obras siempre hay una historia pendiente de ser contemplada, sin tener seguro el observador de no ser él mismo quien misteriosamente se refleja en la imagen poderosa que mira.

Luca Pintucci es el maestro de los paisajes nocturnos. En el territorio de la noche, que oculta lo que une, Pintucci rescata aquellos contornos, aquellos perfiles que prometen alba. El propio lienzo, objeto sacro, sirve de cedazo para separar la esperanza sutil del desmayo vital. De Pintucci se puede decir que es una actitud ante la obra. Una actitud que no es banal, es trascendental. Para Pintucci, todo motivo, ya sea bodegón, marinas, paisajes, retratos, etc, es un autorretrato.

De D.H. Feitosa basta decir que se trata de un pintor nacido en el Brasil sincrético y vitalista de Bahía. De ahí procede la luz de su mirada y la intención de su trazo: amago de definición, baile de colores, alegría del lienzo.

Finalmente, Reyes presenta una obra cuajada de paisajes interiores, en donde, como escribió C. Sánchez, el pintor no aspira a traducir la realidad ni a representarla, sino a ponerse en su lugar, a ser esencia real capturada en lienzo. Para Reyes la experiencia de la pintura es un acto de oración con la materia, en donde el alma se derrama en plurales. Y en ese desbordamiento es donde halla la unidad de estilo.

La obra del grupo La Torreta, es, efectivamente, trascendente; y así hay que amarla y defenderla frente a tantos otros críticos que nos tienen acostumbrados a proteger, interesadamente, obras en sentido contrario, o sea, intrascendentes.


Lucas Carril
Benicarló, octubre 2006











1 comentario:

La vida en La Torreta se limitará al trabajo más noble del humano, que es la creación. Esta servidumbre es la gran Utopía. A imagen y semejanza del Ser. Pero todavía hay diferencias. Nuestra propia Alma es la Vida del desbordamiento del Ser y sus motivos (cuales quieran que estos sean). La de nuestra obra proviene de nuestro propio desbordamiento y lo robado al motivo (si se deja). La creación no trata de reproducir una imagen, una idea, una historia, un sonido, etc. La creación es una idea, una historia, una imagen, un sonido, etc... con Vida propia al margen de nuestra intervención. Somos su herramienta. Manda el juego. El deseo. La vocación. Esto, claro está, no nos convierte en dioses, todo lo contrario; nos convierte en servidores de este deseo, de esta vocación, servidores de la Utopía. Y, así, en nuestras celdas-taller, en recogimiento, buscando la raiz de nuestra vocación, delante de nuestra humilde pero auténtica obra, damos la espalda, con todo nuestro respeto, a cualquier motivación que nos desvíe de nuestra misión utópica. Para ello contamos con nuestro trabajo (la oración) y con el tiempo. No nos preocupa la muerte porque toda obra Arte Auténtica, con Vida Propia, siempre está perfectamente inacabada, como nosotros mismos. Juan Reyes.
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